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Una de arena

marzo 31, 2010

Cuando nacemos, el llanto es el único lenguaje que conocemos, es lo que nos une al mundo de los adultos, es la única manera de comunicarnos, es nuestro clavo ardiendo; durante la infancia, el llanto son muchas cosas, mezcla de queja, de capricho y de rozaduras en las rodillas que parece que incluso duelen más si van acompañados de una buena llorera; a medida que pasan los años, el llanto se convierte en un instrumento, que normalmente utilizamos contra los demás y a nuestro favor, pero llega un momento, depende mucho de la persona el cuándo, en el que el llanto se esconde, y solo aparece en los momentos más inoportunos. El problema es ese “cuándo”, y la imposibilidad del mundo exterior de saber que para tí, las lágrimas, han pasado a ser hardcore.

Hace dos minutos, cuando empecé a escribir esta entrada, estaba llorando a lágrima viva; con goterones cayéndoseme desde los ojos hasta la boca, salados, con los ojos hinchados y una bola en el estómago que debía haberse ido en cuanto empezaron los sollozos, pero que aún me estoy tragando. ¿La razón? Se me ha estropeado uno de mis vestidos favoritos. La lana y la lavadora no se llevan bien.

No voy a entrar en detalles según los cuales yo nunca había metido ese vestido en el cubo de la ropa sucia, y mi madre la santa “sólo metió lo oscuro”, así sin mirar, porque en realidad, no estoy llorando por eso. Bueno, sí… bueno, puede que llore porque mi antigua compañera de piso ni siquiera se digna a escribirme en dos lineas de mail la contestación a todos los mensajes que le llevo mandados; puede que llore porque mi familia se va de vacaciones y yo me quedo aquí dos semanas, con la casa vacía, y algún que otro plan frustrado, puede que llore porque a veces no aguanto más aquí, y quiero volver a mi vida anterior, puede que llore porque me sienta impotente cada vez que mi madre me hace quedar como una vaga, o como una desordenada, o como cualquier otro adjetivo que, aunque para ella no signifiquen nada, a mí me machacan. Puede que llore porque a veces me da la impresión de que a nadie le importa cómo me sienta en cada momento, y que el orgullo que hay a nuestro alrededor (sí, alrededor de cada uno de nosotros, pegadito al cuerpo) le prohibe a cualquiera acercarse, ponerse en el lugar, empatizar.

Sé que cometo errores, sé que no soy perfecta, de hecho, tengo mil imperfecciones, he cometido mil pecados, pero intento mejorar, y a veces parece que el mundo, tenga la forma que tenga, sea un correo electrónico, un comentario de una persona, o un vestido destrozado, pasa de todo, obvia el intento, y parece decirte “no te esfuerces en mejorar, total, los que se piensan perfectos, viven mucho más felices”

One comment

  1. Una buena llorera de tanto en tanto no viene mal, por muy hardcore que se hayan vuelto las lágrimas. Pero evidentemente, esto se lo cuentas a un buen amigo/a y el hardcore es un poco menos hardcore.

    Tu ex-compañera es idiota, punto (o está muy ocupada, pero eso no consuela nada); trabajas, así que encontrarás un vestido nuevo que te guste tanto o más que el anterior e, importante, podrás comprártelo😄; trabajas, así que lo de vaga no tiene razón de ser ninguna; desordenados somos todos para nuestra familia, siempre, no hay vuelta de hoja. Y lo de los planes frustrados y volver a la antigua vida… no se vuelve a nada, pero se empiezan cosas nuevas: en junio empiezas algo nuevo con regusto a viejo, acuérdate.

    Y besos y abrazos y achuchones-ay-déjame-que-me-ahogas.

    PD: Los que se piensan perfectos deberían graduarse la vista interior😄



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