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Cuando cambiamos

julio 20, 2010

El otro día me puse a recoger mi habitación. Necesita un buen lavado de cara, y lo primero es deshacerse de todo lo que sobra. Encontré, como era de esperar, miles de memorias, absurdos papeles, trocitos de cuerda, tickets, rosas secas, fotografías, hasta trozos de envoltorios que significaron grandes momentos. Siempre he sido de guardar las cosas, en mayor o menor medida, pero siempre me quedo con memorias palpables, y eso hace que pueda observar, con toda la distancia que se permite en estos casos, a mi yo de hace dos, tres, cuatro, incluso… buff, diez años.

Hoy he pensado en esas personas, las que fui en un momento determinado, y las he comparado con la que soy ahora. No son ni mejores ni peores, simplemente son distintas. Y cuando veo mi situación actual, mis quebraderos de cabeza, mis aventuras de corazón, me pregunto cómo habrían respondido “ellas”. Seguramente de una manera muy diferente.

Y es que evolucionamos tan deprisa que es complicado seguirnos el ritmo, incluso a nosotros mismos. Hay cambios que se ven, que son muy claros, que incluso asustan, y que a tu alrededor hacen que la gente se sorprenda, sonría, o te mire con desaprovación. Hay otros cambios más lentos, que no se aprecian, pero que normalmente son incluso más importantes, más trascendentales, más para siempre.

De esos últimos, casi ni nos damos cuenta, ya que son evoluciones de rasgos que ya existían en nosotros, pero de los otros, de los rápidos, de los cambiantes, de esos no solo nos damos cuenta, sino que nos resultan violentos, nos dan miedo, son rechazados, como si nuesto propio cuerpo no quisiera experimentarlos. Pero suelen ser fases, que vienen y se van, que nos hunden en la miseria un día, que nos hacen pensar que todo podría mejorar, y que nos levantan en volandas al siguiente, pensando que las cosas están en el sitio adecuado.

Por eso estoy dejando de temer los cambios, porque suelen significar experiencias nuevas, nuevos problemas que dan lugar a nuevas soluciones, y nuevos quebraderos de cabeza, momentos de bajón, nostalgias y llantos que acaban intensificando emociones mucho más placenteras, como si en una ola, hubiera que pasar por todo el camino para llegar a lo más alto de la cresta.

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Un comentario

  1. Yo siempre he pensado que cambiar para ser más fuerte no es malo. Hay mucha gente que piensa que los cambios son malos y se ve a sí mismo de hace unos años y se pone melancólico. Pero lo bonito es eso, es intentar conducir esos cambios hacia donde tú quieres y ser la persona que tú quieres. Que no se es nunca la persona que uno quiere, pero a lo mejor te miras, te ves y resulta que no eres como querías… pero te gustas igual.

    ¿Cómo nos veremos dentro de uno, dos, cinco… diez años? XD



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