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Postdata (por ahora)

julio 17, 2011

Empezaré diciendo que probablemente me ponga pomposa. Como alguien me dijo hace poco, no sé si sera malo o bueno, pero probablemente sea cierto. Recuerdo que desde siempre, el escribir en el blog solía ser la forma de escapar de cierta desdicha, de algún berrinche, de un momento un poco peor que el resto.

Hace meses que no escribo.

Es una sensación muy extraña la de encontrar algo que pensabas que nunca encontrarías. Sí, está claro, habías oído hablar de ello, pero no pensabas que fueras del tipo de persona hecha para conseguirlo. Incluso puede ser que ya te hubieras resignado a no tenerlo nunca. Y de repente un día, apareció, como de la nada.

La felicidad es un estado de ánimo, es una mezcla de pensamientos, de situaciones y de movimientos que claramente nos llevan a encontrarnos de una manera específica, y está totalmente rodeado de factores externos que nos influencian. Pero me atrevería a decir, que la felicidad es, precisamente, el estado de ánimo en el que más tiene que ver el factor externo, por mucho que la gente diga que uno solo puede ser feliz consigo mismo.

Yo no soy feliz conmigo misma, tampoco quiero, estoy muy bien siendo feliz y dependiendo de otro, porque la felicidad que se consigue en compañía es de una clase distinta, una que no sabes sentir hasta que la sientes por primera vez.

Aún sé poco del tema, y sabéis que no me gusta escribir de algo que considero desconocido, así que, con vuestro permiso, seguiré callada, hasta que sepa qué decir…

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Noches alternativas…

diciembre 12, 2010

Y ahora es cuando empiezo una entrada que no sé qué contenidos va a tener…

Qué rallada, qué cantidad de dudas existenciales, qué cabrón el angelito de la lógica que le ha puesto un esparadrapo en la boca a todos los demás (el de la lujuria, el de los saltos al vacío, el demonio pequeñito, el angelito bueno, el mamá…) Me doy cuenta que lo he racionalizado todo de tal manera que no dejo que mis sentimientos tengan cabida en nada, como mucho, y de forma paradógica, el angelito de la posesión y los celos hace acto de presencia, sólo por joder. Pero mira, hasta a ese se le calla metiéndole un caramelo en la boca. Y no hablo de grandes sentimientos trascendentales, sino sentimientos pequeñitos como granitos de arena en una playa, de esos que hacen que el corazón se nos pare durante un segundo y luego siga latiendo al mismo ritmo que antes, o con un poco de suerte, a un ritmo un poquito más acelerado.

Porque las cosas nunca terminan de ser redondas, no me lo creo, no es posible que todo funcione, me niego a pensarlo, que ya van 23… o 3, o los que sean. Así que, si hay algo similar a una esfera más o menos redondeada, aunque se identifique más con una patata que con otra cosa… es complicado dejarla ir por agarrar el sol. Que sí, que parece redondo, y brillante, y calentito… pero en realidad tampoco lo es, ni redondo ni leches, y encima está lejos, tan lejos que lo más probable es que nunca lleguemos a él, y encima quema, y provoca cáncer. Y las patatas no. (señores y señoras, bienvenidos a mi lógica). Lo del sol, ni siquiera es verdad, es demasiado platónico, todos sabemos que nunca llegaremos al sol.

Pero volvamos a los sentimientos, que me lio. Sabéis el sentimiento más poderoso de todos? El… mierda, el inglés otra vez… la esperanza de lo que esperamos que llegue. Y por supuesto, por joder, también es el más mentiroso . Con mucha diferencia. Porque MIENTE, de mentir, con letras gordas.

Y… ya. Me callo.

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Rambling

octubre 20, 2010

Hay un momento determinado en el que dejamos de ponerle nombre a las historias y empezamos a ponerle historias a los nombres. Es poco a poco, casi sin darnos cuenta, pero en cuanto lo hacemos, ya es demasiado tarde para volver atrás. Especialmente las personas que, por llamarlo de alguna manera, escribimos, y aún más las que contamos historias; siempre nos buscamos una cara para pensar en lo que decimos, siempre hay un protagonista, un personaje, que cogemos prestado del mundo real, y que, de repente, es quien nos está contando la historia a nosotros, porque esa historia sólo puede ser suya.

Y no estoy diciendo que sea malo, aunque definitivamente no estoy tampoco diciendo que sea bueno. Se podría decir que simplemente es. Supongo que tiene que ver con una necesidad intrínseca de organizarnos el futuro más inmediato, de agarrarnos a todo aquello que nos resulta cómodo, que nos provoca en mayor o menor medida un sentimiento de “que todo está bien” (malditos ingleses, tienen palabras para todo…). Por mucho que parezca que tenemos una facilidad pasmosa para complicarnos la vida, la verdad es que todos buscamos en algún momento esa balsa de aceite (por cierto, horrible imagen. ¿Quién se fía de una balsa de aceite? Ella no se hunde, no, pero tú si te subes encima, de cabeza) pero como decía, aunque no la busquemos queriendo, en algún momento, de manera involuntaria, la empezamos a formar.

Uno de los infinitos (que no infinitésimos) problemas de esta situación es que (y aquí sí que entra la máxima de que todos tendemos con pinzas por si acaso… digo… tendemos a complicarnos la vida) normalmente, efectivamente, estas historias que formamos alrededor de personas son balsas de aceite, y muchas veces, ni siquiera de oliva, sino de girasol del malo.

Pero también resulta en ocasiones reconfortante, cuando te das cuenta de que tu personaje, que en realidad es una persona, tiene tanta vida que se la da a cada una de las historias que te inventas para ella, y que hace verdaderas todas las andanzas en las que la metes, casi sin querer. Resulta cálido inventarte lo que va a pasar, aunque luego nunca pase, porque te lleva a otro plano, y de vez en cuando, cuando se juntan, te sacan una sonrisa que nadie sabe de dónde viene.

Está claro, que lo que te da una persona nunca te lo podrá dar un personaje, por muchos años que lleve Pérez Reverte peleándose con Alatriste. Cuando tu persona (porque ya no se puede llamar personaje) vive dentro de la historia que se ha formado (porque no nos engañemos, en cuando es persona, es dueña y señora de la historia, y el que escribe no puede hacer nada) la historia pasa a vivir, y a dejar de ser historia, para convertirse en vida.

Y ahí, señoras y señores, está el jodido problema.

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Confesiones, alcohol y adicciones de fin de verano

septiembre 7, 2010

Siempre me he preguntado cuánto en verdad retenemos de una conversación. Yo soy de esas personas que puede pasarse hablando con alguien durante horas, saltando de un tema a otro, de lo más profundo a lo más superfluo, esquivando los temas importantes tratándolos como los más intrascendentes, y por eso muchas veces, acabo sin saber muy bien lo que he dicho, lo que se ha dicho, o lo que se ha dejado de decir. La conversación la escuchamos entera, la racionalizamos entera, pero algunas partes entran directamente en el subconsciente, y se quedan ahí. Las conocemos, pero sin recordarlas.

El final del verano es una época muy propicia para estos momentos, el comienzo del curso, las despedidas, los regresos, las caras que no sabías cuánto echabas de menos hasta que vuelves a verlas, los nervios absurdos, la lógica ilógica del plan que se va al traste a mitad de la velada, porque decides dejarte llevar, y muchos pequeños grandes momentos, suelen ocurrir en esta época del año. Hace calor, por lo menos aquí y ahora, y nos escondemos para salir sólo cuando el sol ya está bajo, cuando sopla un aire que mata el calor, y con la noche no sólo se puede hablar sin asfixiarte, no sólo abren los lugares más atrayentes y pintorescos de la ciudad, sino que nosotros también nos liberamos, nos relajamos, y tanto con ayuda de un par de cervezas bien frías como sin ellas, nos lanzamos al ofensivo (porque de inofensivo no tiene nada) mundo de la palabra, de los reproches, de las ideas, del cariño, y de los recuerdos que se están formando minuto a minuto.

Por eso me encanta el final del verano, especialmente éste alargado que tenemos por las ciudades mediterráneas, que supongo que deja un sabor agridulce en el que se tiene que volver a su Madrid, pero de la misma manera es como un caramelo para los que volvemos después de tanto tiempo… un regalo, una adicción que sólo en ocasiones es peligrosa, una epifanía que hace que, en un segundo, te des cuenta de muchas cosas.

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Mus (e) ica

agosto 28, 2010

Ayer me preguntaban si había dejado de escribir, y yo contestaba que simplemente no había tenido nada importante o interesante que decir. Y ahora voy a escribir el post más absurdo, menos interesante y menos importante de los últimos tiempos, pero como el blog es mío y total no lo lee casi nadie, me da exactamente igual.

Ayer me fui a un concierto. Mi experiencia en conciertos es bastante reducida. He ido a un puñado, todos muy queridos y de gente que verdaderamente me gustaba; es decir, me sabía las canciones en casi todos, o por lo menos las llevaba oídas (aunque solo fuese oídas de las dos semanas anteriores gracias a la bendita ayuda del iPod). Pero en general, se reducía a cantautores, es decir, concierto de sentado, de mover la cabecita, de sonreír cuando cuenta cosas entre canción y canción, y un par de multitudinarios de grupos más o menos conocidos.

Ayer me fui a ver a Muse.

He de admitir, que hace unos años yo era una iletrada musical (incluso más que ahora) que seguía la moda más absoluta y que veía OT. Sí, es un momento de mi pasado, ni oscuro ni claro, sino distinto. De hecho, sigo pensando que por mucho que destrozaran versiones, que todo fuera un GH a lo fino, y que cualquiera en su sano juicio negaría rotundamente este pasado, por lo menos me sirvió para escuchar MUCHA música.

Después de aquello, fui limando gustos, me incliné por la música de cantautor en la que caí inexorablemente durante bastante tiempo, y por la melódica voz masculina, ambas siguen teniendo un lugar en mi corazón,(y en mi biblioteca del iTunes). Empecé a escuchar bandas sonoras de series, y de ahí, de esas bandas sonoras, di el salto a gentecilla que no conocía, que amablemente me donaban su música, y me aventuré también con grupos consolidados, más que nada para ver cómo sonaban. Con algunos me quedé, como con U2, y otros, simplemente, no fueron de mi agrado, por muchos fanes que tengan, por ejemplo, los Rolling (vale, no me matéis).

Y también COPIÉ, como una descosida. Robé grupos favoritos de mis amigos, y los instalé como propios, o por lo menos, como amigos a su vez.

Muse, fue una copia. Le gustaban a un amigo, empecé a escucharlos, y sin el melodrama de fan total que se sabe todas las canciones del mencionado amigo, me gustaron bastante. Bastante menos que otras copias, pero una de las que más.

Así que ayer me planté en el festival Xacobeo 2010, básica y exclusivamente para ver a Muse.

Y entonces me enamoré.

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Cuando cambiamos

julio 20, 2010

El otro día me puse a recoger mi habitación. Necesita un buen lavado de cara, y lo primero es deshacerse de todo lo que sobra. Encontré, como era de esperar, miles de memorias, absurdos papeles, trocitos de cuerda, tickets, rosas secas, fotografías, hasta trozos de envoltorios que significaron grandes momentos. Siempre he sido de guardar las cosas, en mayor o menor medida, pero siempre me quedo con memorias palpables, y eso hace que pueda observar, con toda la distancia que se permite en estos casos, a mi yo de hace dos, tres, cuatro, incluso… buff, diez años.

Hoy he pensado en esas personas, las que fui en un momento determinado, y las he comparado con la que soy ahora. No son ni mejores ni peores, simplemente son distintas. Y cuando veo mi situación actual, mis quebraderos de cabeza, mis aventuras de corazón, me pregunto cómo habrían respondido “ellas”. Seguramente de una manera muy diferente.

Y es que evolucionamos tan deprisa que es complicado seguirnos el ritmo, incluso a nosotros mismos. Hay cambios que se ven, que son muy claros, que incluso asustan, y que a tu alrededor hacen que la gente se sorprenda, sonría, o te mire con desaprovación. Hay otros cambios más lentos, que no se aprecian, pero que normalmente son incluso más importantes, más trascendentales, más para siempre.

De esos últimos, casi ni nos damos cuenta, ya que son evoluciones de rasgos que ya existían en nosotros, pero de los otros, de los rápidos, de los cambiantes, de esos no solo nos damos cuenta, sino que nos resultan violentos, nos dan miedo, son rechazados, como si nuesto propio cuerpo no quisiera experimentarlos. Pero suelen ser fases, que vienen y se van, que nos hunden en la miseria un día, que nos hacen pensar que todo podría mejorar, y que nos levantan en volandas al siguiente, pensando que las cosas están en el sitio adecuado.

Por eso estoy dejando de temer los cambios, porque suelen significar experiencias nuevas, nuevos problemas que dan lugar a nuevas soluciones, y nuevos quebraderos de cabeza, momentos de bajón, nostalgias y llantos que acaban intensificando emociones mucho más placenteras, como si en una ola, hubiera que pasar por todo el camino para llegar a lo más alto de la cresta.

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Maybe this time…

julio 6, 2010

Mmmm, veamos.
Hay momentos que van ligados a canciones… no, espera, no quiero empezar con giros… o sí, no sé, la verdad, es que ahora mismo no sé nada.
¿Puede ser que si la misma idea sigue volviendo a tu mente en intervalos más o menos cortos de tiempo, sea porque esa idea es la correcta? ¿puede ser tu mente diciéndote que dejes de jugar y que te centres en lo que no deja de aparecer delante de tus ojos? A veces me lo planteo.
Muchas veces tenemos ante nosotros un camino que no cogemos; nos negamos en rotundo a seguir de frente, y tomamos decisiones drásticas que nos apartan de lo que sería lo lógico, lo coherente. Pero después de un tiempo, ese mismo camino se nos ofrece de nuevo, y lo volvemos a dejar pasar, girando por un atajo que irremediablemente nos vuelve a llevar, por tercera vez, al mismo camino.
La lógica diría que lo que debemos es dejarnos de tonterías y coger el camino que se nos muestra, pero nosotros, como mulas, seguimos negándonos.
A veces creo que deberíamos coger el camino recto más a menudo, aunque sea menos excitante, menos interesante, aunque en principio creamos que en ese camino ya lo hemos visto todo. ¿y si no es así? quizás tenga una curva un quilómetro más allá en el que empiece la aventura…
Será que nunca me han gustado los caminos rectos, por mucho que cada vez que aparecen me sienta tentada por ellos… a lo mejor podría cogerlo, solo esta vez, para perder parte del drama, y quizás ganar una seguridad que nunca he tenido…
Pero entonces qué hago con todo el equipamiento de Decathlon que me he comprado para meterme por atajos llenos de maleza, de serpientes venenosas, y de zarzas? tampoco lo voy a guardar en el armario, que estamos en crisis, y no debemos tirar ropa casi sin haberla estrenado…

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De los tipos de seducción

junio 10, 2010

Hablaba hoy con una amiga, así, fugazmente, de no-relaciones, de momentos, de citas y de desestructuración mental, y mientras lo hacía, me daba cuenta de la cantidad de maneras en las que se puede mostrar la seducción.

Podría hablar de la seducción que he vivido, sufrido en ocasiones, pero no sería más que la seducción en segunda persona, y creo que es mucho más lógico que hable de ella en primera, aunque me permitiréis que añada mementos de  grandes seductoras que me acompañan y me rodean diariamente.

Hay muchas formas de seducción; está la primera, la clara, la totalmente física, la que muestra un poco de escote y otro poco de pierna, la de sonrisas fugaces de un lado a otro de la discoteca, que es una seducción que enciende la mecha, que hace saltar colores, chispas y demás, y que por sencilla y rampante es trementamente atractiva y con altos niveles de éxito. Una chica en una discoteca, suele ligar, si sabe cómo. Es una situación en la que los hombres en general (Y ninguno de vosotros en particular) se comportan de forma muy obvia, haciéndonos el trabajo harto sencillo.

Hay otra seducción, que se le parece mucho, pero que tiene un componente externo que aumenta su eficacia y peligrosidad: el conocimiento. Si una conocida utiliza la seducción de discoteca, a todo lo que ésta conlleva, se le une una atracción intelectualoide, graciosa, de querer saber más, y es en ésta, y no en la otra, en la que una mujer puede usar todo un arsenal de armas. Y todo ese arsenal se puede resumir, aunque parezca mentira, en dos grandes tipos: la virgen, y la vixen.

Una seductora virgen, busca en la inocencia su arma de fuego, intenta que no te la creas, que pienses que no va a ir a ningún sitio contigo o que no vas a ser capaz de desabrocharle un solo botón. Resulta maja, includo encantadora, y habla y sonríe como si el sexo no existiese en este mundo. Puede ir más o menos arreglada, al fin y al cabo, todas somos mujeres, pero no lo hace notar, no exhibe, no resuelve con grandes (o muy pequeños) trapitos, porque lo que le interesa es precisamente lo contrario, estar envuelta en un caparazón que te entre muchas ganas de romper.

Una seductora vixen va “a lo que va”, rebusca en el armario sus botas de cuero hasta la rodilla, se pone minifalda, o unos pantalones que le hagan mostrar el culazo que tiene, se pinta, no demasiado, pero con un ojo clínico impresionante, y se pasa la noche demostrando lo sexual que es. Es misteriosa, seductora, poderosa, pero no encantadora, nunca maja.

Y a partir de aquí, llegamos a lo complicado: las mujeres tenemos la manía de ir saltando de una a otra. Siempre tenemos un fondo de virgen, o de vixen, que no nos podemos quitar de encima, y por muy echada para delante que intente ser la primera, o muy recatada que intente ser la segunda, nuestra verdadera forma de seducción tiene la manía de terminar saliendo a relucir lo queramos o no.

Pero hay noches, por alguna extraña razón, hay momentos de la noche, o hay segundos, una mirada, un roce, un ay, en los que una virgen te mira de la manera más lasciva que existe, o una vixen siente la irremediable necesidad de abrazarte como a un osito (normalmente, la necesidad se reprime, pero haberla, hayla). A las vírgenes, los momentos de vixen les cargan las pilas, les dan un chute de autoestima, del que suelen estar un poco faltitas, porque les ofrece un poder que no sueñan con tener. Una virgen convertida en vixen, por poco tiempo que sea, se eleva ante sus propios ojos y se crece, es feliz, es poderosa, un poco mala, pero mala de risa de niña, porque en el fondo, sigue siendo encantadora.

A las vixenes, los momentos virgen las bajan un poco de las nubes, las hacen un pelín vulnerables, y al mismo tiempo, las convierten en “agarrables”, tienen que caer, para poder dejarse llevar, porque desde lo alto de su pedestal no hay hombre que las alcance. Con lo cual, a pesar de que su papel no lo es en absoluto, a pesar de que en realidad sí que son así, porque así es precisamente como quieren ser, caen, y a veces, precisamente en esa caída, es en la que se dan cuenta de lo altas que estaban.

Y luego hay otro momento, que es el momento en el que una noche, sin razón, cambiamos nuestro papel, nos volvemos lo contrario a lo que somos el resto del año, y tanto para virgenes como para vixenes, esa noche…. bufff, esa noche es inolvidable.

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Una de arena

marzo 31, 2010

Cuando nacemos, el llanto es el único lenguaje que conocemos, es lo que nos une al mundo de los adultos, es la única manera de comunicarnos, es nuestro clavo ardiendo; durante la infancia, el llanto son muchas cosas, mezcla de queja, de capricho y de rozaduras en las rodillas que parece que incluso duelen más si van acompañados de una buena llorera; a medida que pasan los años, el llanto se convierte en un instrumento, que normalmente utilizamos contra los demás y a nuestro favor, pero llega un momento, depende mucho de la persona el cuándo, en el que el llanto se esconde, y solo aparece en los momentos más inoportunos. El problema es ese “cuándo”, y la imposibilidad del mundo exterior de saber que para tí, las lágrimas, han pasado a ser hardcore.

Hace dos minutos, cuando empecé a escribir esta entrada, estaba llorando a lágrima viva; con goterones cayéndoseme desde los ojos hasta la boca, salados, con los ojos hinchados y una bola en el estómago que debía haberse ido en cuanto empezaron los sollozos, pero que aún me estoy tragando. ¿La razón? Se me ha estropeado uno de mis vestidos favoritos. La lana y la lavadora no se llevan bien.

No voy a entrar en detalles según los cuales yo nunca había metido ese vestido en el cubo de la ropa sucia, y mi madre la santa “sólo metió lo oscuro”, así sin mirar, porque en realidad, no estoy llorando por eso. Bueno, sí… bueno, puede que llore porque mi antigua compañera de piso ni siquiera se digna a escribirme en dos lineas de mail la contestación a todos los mensajes que le llevo mandados; puede que llore porque mi familia se va de vacaciones y yo me quedo aquí dos semanas, con la casa vacía, y algún que otro plan frustrado, puede que llore porque a veces no aguanto más aquí, y quiero volver a mi vida anterior, puede que llore porque me sienta impotente cada vez que mi madre me hace quedar como una vaga, o como una desordenada, o como cualquier otro adjetivo que, aunque para ella no signifiquen nada, a mí me machacan. Puede que llore porque a veces me da la impresión de que a nadie le importa cómo me sienta en cada momento, y que el orgullo que hay a nuestro alrededor (sí, alrededor de cada uno de nosotros, pegadito al cuerpo) le prohibe a cualquiera acercarse, ponerse en el lugar, empatizar.

Sé que cometo errores, sé que no soy perfecta, de hecho, tengo mil imperfecciones, he cometido mil pecados, pero intento mejorar, y a veces parece que el mundo, tenga la forma que tenga, sea un correo electrónico, un comentario de una persona, o un vestido destrozado, pasa de todo, obvia el intento, y parece decirte “no te esfuerces en mejorar, total, los que se piensan perfectos, viven mucho más felices”

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Equilibrio

marzo 12, 2010

Es complicado encontrar el equilibrio. A veces, creo que por mucho que se intente, el equilibrio no es más que un momentáneo instante del desequilibrio más absoluto, y que en realidad, nos pasamos intentando conseguirlo tanto tiempo que no nos damos cuenta de que, mientras lo hacemos, hay desequilibrio, y, después de todo, no es tan malo.

Hay veces, en las que parece que no es posible. Por muchos pequeños gestos que hagamos, por mucho que intentemos, no podemos equilibrar. Pienso, y me río, con todas las pequeñas cosas que hago pensando que así consigo el equilibrio; cuando dejo el tiempo pasar, para no ser pesada, pero me pregunto si será demasiado tiempo, y empezaré a ser olvidada, o cuando mido las palabras con calibre (una regla normal no tiene suficiente precisión) para ocultar lo que en realidad quiero decir, y decir sólo lo que creo que no hará desequilibrarlo todo. El equilibrio y el miedo van muy de la mano, pues si te pasas, tienes miedo a las consecuencias, y si no llegas, miedo a… eso, a no llegar, a quedarte atrás.

Y  en realidad, en el fondo, sabemos que todo es mentira, pues el equilibrio no es un punto, sino una plataforma enorme con bastante espacio para moverse, porque por mucho que intentemos hacer que las cosas mantengan el equilibrio, cada nueva situación, cada nueva conversación, cada nueva palabra, de repente, y sin saber cómo, siendo medida, completa y absolutamente calculada, lo puede desequilibrar todo, y a la vez, cualquier gran gesto, cualquier locura, cualquier barbaridad, puede dejarlo todo exactamente como estaba.

Pero es complicado no tener miedo, es muy dificil no pensar en las consecuencias, en cómo algo que te gusta, algo que disfrutas, algo que hasta puedes querer, puede resquebrajarse por cualquier motivo, simplemente por remover demasiado las cenizas, por hablar más de la cuenta, o peor, por pensar demasiado…

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