vale, un comment… cómo me gustaría ser cabaretera…

en las últimas 24 horas, me he enamorado las mismas veces que en los últimos 22 años: dos. Y las dos han sido en el mismo sitio: en el metro.
Es que… uno era tan mono… de esos que me gustan a mí, moreno, no muy alto, iba con el ipod classic puesto, los cascos blancos impolutos en las orejas, y una camisa negra encantadora que se asomaba por debajo de un jersey gris que te daba ganas de… bueno, eso, que iba muy bien vestido. Llevaba, a mayores, una bandolera, y unas gafas muy de estudiante modelo con las que también me podría entretener. No sé, estaba así, precioso, de cuento, agarrado a una barra, porque no había sitios libres (ya ves, se podía haber sentado sobre mis piernas, pobrecito, que seguro que llevaba todo el día trabajando), y mirando hacia el infinito, una parada tras otra. Por fortuna, en el transbordo, se cambió exactamente al mismo tren y al mismo vagón que yo. Sí, cruzamos las miradas unas cuantas veces, más que nada, cuando me pillaba mirándole… si es que… pero… era tan mono… bueno, se bajó dos paradas antes que yo, y con él, los genes para tener niños encantadores, listos, morenos, y no muy altos, con un estilo innato para vestirse. Ay…
Y el OTRO… buff, el otro era… fue… es… indescriptible. Tan tan tan pervertible, bueno, de esos que dices… o te enseño cosas yo, o me las enseñas tú, pero aquí tiene que haber algo de aprendizaje, sea como sea… Era muy mono, con cara de enfado, leyendo un libro, con barba de más de cuatro días (recuerdo que la primera vez que besé a un chico con barba, pensé “mmm, no me gustan las barbas”… ahora me encantan) y el pelo un pelín largo, para agarrar, esta vez rubio (sí, sí, no miento, me he enamorado de un RUBIO) y ay, también bien vestido, con unos vaqueros y una camiseta arrancable… vamos, ese no me vio, porque iba leyendo, pero menos mal, porque vamos… buff, bueno, eso… se quedó en el vagón cuando yo bajé, y con él se marcharon todos los ensayos para tener niños encantadores, algunos guapos como su padre, otros… morenos como su madre…
El metro de Londres es el perfecto lugar para soñar, y darte de hostias cuando llega tu parada… o la de él

… cuando te llama te olvidas del tiempo que ha pasado eh?
Bueno, supongo que sólo ciertas personas somos así. El rencor se esfuma, aunque nosotras no queramos, cuando la persona indicada vuelve. Y qué cabrones so(is) y cómo lo sab(éis)… y qué gilipollas somos nosotras, y cómo seguimos picando… pero es que mola tanto…
Desvarío, es que… no sé, ahora mismo, como que… debe de ser un chute de hormonas. Pero qué bien se pasa cuando se pasa bien. Qué felices son los paréntesis de actividad. Qué maravilla cuando el resto del mundo se esfuma y puedes pasar una noche entera sin preocuparte de lo que ha pasado, ni de lo que va a pasar… que sí, que luego las echas de menos, y te comes las uñas, y deseas con todas tus fuerzas tener otra noche así… pero Carpe Diem, ¿no?… con lo bien que se está, ¿por qué no tirarse a la piscina? Oye, eso que te llevas.
Porque te montas en una nube, vives tu película, y sabes que estás despierta. Y saboreas cada sabor, guardas cada olor en la memoria, recorres con los dedos grandes superficies, para que se queden grabadas en las yemas, y poder reproducirlas luego, y te vuelves loca, y saltas, y gritas, y haces mucho el tonto, y te enciendes como un árbol de navidad, y te apagas poquito a poquito, y te emocionas, y te excitas, y cierras los ojos, y todo te da vueltas, pero vueltas de las buenas.
Y sonríes, y te sonríen, y qué más dá qué va a pasar mañana, o el mes que viene, qué más da si nunca os volvéis a ver. En ese momento… buff, en ese momento… me explico, no?
(no me puedo dormir… malditos subidones de hormonas de los cojones….)

Cuando un tío no te llama, es porque no quiere llamarte.
Las mujeres podemos darle vueltas a la cabeza todo lo que queramos, podemos poner la excusa de que tenía un examen, y estará estudiando, de que está en el pueblo, y allí, entre sus amigos, se le habrá olvidado, podemos pensar que no nos ha contestado a la llamada porque no la ha visto, porque se ha perdido en el universo mágico del triángulo de las Bermudas que hay entre Movistar, Orange y Vodafone (sobre todo si eres Yoigo, con lo cual piensas que algo le pasa a tu compañía de clase media, que hace que no le lleguen las llamadas), o hacer la misma tontería con los mensajes.
Podemos pensar que no han leído los correos que les hemos mandado, porque casi nunca miran “esa” bandeja de entrada, o que seguramente sus acciones del Facebook fueron de un segundo conectado, y que no le dio tiempo a pasar por tu perfil a decirte hola. Sí, es cierto, con las nuevas tecnologías cada vez hay más maneras… de aceptar que un tío no quiere saber nada de tí.
Con lo cual, es un poco absurdo darle vueltas a la cabeza, aunque, para qué negarlo, todas lo hacemos. Y lo hacemos, porque cuando nos gusta alguien, aunque todas las señales indiquen que a ese alguien no le gustamos (o no le gustamos lo suficiente, o sólo le gustamos una vez cada tres meses cuando se acuerda de nosotras y no tiene a nadie más a quien llamar ese fin de semana), queremos intentarlo, buscar la manera, y muchas veces, nos hacemos más mal que bien.
Un tio que no te llama, que no se preocupa de saber cómo estás, es un tío que no se ha gastado diez segundos en pensar en tí. Cuando recibes un mail idiota en el que sólo te dice el tiempo que está haciendo, ese chico ha pensado en tí; incluso cuando el vago de turno lo único que hace es pegarte un toque en el Facebook, por lo menos sabes que ha pensado en tí; cuando recibes un sms así, sin razón aparente, una tarde, y se te ilumina la cara, ese chico ha pensado en tí.
Y es duro, cuando el que te gusta es el que no piensa en tí, y hay que aceptarlo como se pueda, porque tampoco hay mucho más que hacer. Las excepciones confirman (CONFIRMAN) la regla, y lo más normal es que no seamos una excepción, porque si lo fuéramos todas, entonces, seríamos reglas. Así que hay que aceptar que no nos llamen, que no nos quieran, que no estén tan interesados en nosotras como nosotras en ellos. No saben lo que se pierden!

Hay muchos tipos diferentes de personas, de hecho, se puede decir que hay tantos tipos como personas; pero sí es cierto que para algunas cosas, para ciertas situaciones, se nos puede etiquetar en grupos más o menos homogéneos.
Desde siempre, desde que era muy jovencita, yo he seguido la teoría del Ted, que por supuesto aún no se llamaba así, se podía llamar la teoría del Ross, la teoría del Dawson, la teoría del Leonard, la teoría del Seth, o la teoría… dejemos los nombres reales para otra ocasión. Esta teoría, me incluía en el grupo de chicas que buscaban el gran amor de su vida, el marido, el padre, el trabajador incansable, si podía ser, profesional liberal o funcionario, que te quería tanto que era imposible que nadie te quisiese más, y con el que tener una vida sencilla, una familia corriente, una rutina de trabajo con los fines de semana libres, y viajes de 15 días en verano, y un mes al año de vacaciones, y libros, y cultura rebosante, y museos los fines de semana con los niños, y los menores problemas posibles.
Cuando vas creciendo, por pocos años que aún tenga, vas acercándote a Barney, a Joey, a Ryans, que te hacen la existencia más o menos chispeante, que te buscan las cosquillas, que te hacen escaparte del camino marcado, que te sorprenden y hacen que te sorprendas de tí misma, y que convierten aquella dulce brisa de por la mañana delante de un café y unas tostadas en una situación que te resulta tremendamente aburrida.
Pero la teoría dice, que en realidad, las que hemos decidido desde mucho antes elegir a Ted, las que de pequeñas nos vemos de esa manera, consciente o inconscientemente, podemos, sí, enamorarnos de Ryan, o de Joey, o de Barney, pero siempre porque pensamos que al final terminará casándose, teniendo hijos, y siendo canalla y excitante, pero sólo para tí.
Y yo me pregunto, pero entonces… no es más sencillo quedarse con Ted, o con Ross, que intentar cambiar por completo la forma de vida de un Joey o un Barney? vale que con los años los adultos se apaciguan (o eso dicen), pero, qué hay de malo en un apaciguado? Tal vez lo más correcto es viajar, buscar, elegir a muchos, a sabiendas de que, al final, inexorablemente, somos de Ted, o de Barney, y por muchas vueltas que le demos, terminaremos en el mismo sitio, en la misma cama, con la misma persona que siempre quisimos, y que por muchas locuras que hagamos, las de Ted somos de Ted, y nunca dejaremos de serlo.

Últimamente, y a raíz de ciertos sucesos que no vienen al caso, he empezado a pensar de una manera bastante seria (por llamarlo de alguna manera) en el adulterio.
Desde siempre, con la educación propia de nuestra sociedad monógama, de nuestras raíces cristianas y nuestro conocimiento innato de los mandamientos, por muy ateos que seamos, he pensado, como la gran mayoría de la población, que el adulterio, los amantes, poner los cuernos, o como queráis llamarlo, está mal. Está mal, porque cuando estás con una persona, cuando tienes una relación seria con alguien, le debes un respeto, una fidelidad, que no te permite estar al mismo tiempo con nadie más (dejando a un lado las relaciones abiertas, que son otro tema discutible).
Pues bien, la experiencia es la madre de la ciencia, y ahora creo entender un poco mejor a aquellos que, por lo menos, no condenan al adúltero como un pecador mortal, e incluso, algunos, lo elevan y halagan como una persona que sabe vivir, que sabe lo que quiere, y que intenta aprovechar lo más posible la corta vida que pueda tener.
No, no estoy diciendo que el adulterio esté bien. No digo que, de tener una pareja seria y formal, de haber llegado a una situación de matrimonio, o simplemente de relación estable, fuese a ser adúltera. Sólo digo, que lo entiendo, que ahora, probablemente, podría llegar a perdonar un desliz, algo que antes me resultaba imposible. Sería complicado y trabajoso, pero ya no imposible.
El adulterio, el secreto, las situaciones comprometidas y comprometedoras, los besos robados, los fines de semana olvidados, las falsas reuniones de trabajo, todo es excitante, cambiante, interesante, y hace que nuestra vida se vuelva mayor, más vida. Es algo que es complicado de explicar, pero la adrenalina de un beso prohibido supera con creces la de un beso normal, la relación secreta es mil veces más excitante que la mostrada al público, y es precisamente por eso por lo que, muchas veces, las relaciones normales se vuelven simples, grises, monótonas, y salen a la luz compañeros de trabajo, amigos de toda la vida, que si bien no son los que te han puesto un anillo en el dedo, o con los que pagas a medias la hipoteca, sí son los que hacen que se te acelere el pulso. Y esa sensación es muy dificil de conseguir, y una vez la tienes, es normal que quieras volver a tenerla.
Soy politicamente incorrecta en este punto, vale, lo reconozco. El adulterio está mal, no hay que hacerlo, y si te acuestas con otro es porque te da la gana, no es necesario ni beneficioso, y el mundo en general (aunque no todos en particular) estarían mejor si no existiera… ¿o no?…

A mí me gusta escribir. Tener un blog personal ya dice mucho de alguien que espera que un puñado de conocidos y algún anónimo por casualidad, encuentre un montón de palabrería absurda de una vida como cualquier otra y se pare a conocer. Pero, como casi todos sabéis, también me gusta escribir relatos; más cortos, más largos, desde muy jovencita tengo escritos que han ido de la redacción de colegio no obligatoria, hasta pensamientos de lo más filosófico, pasando por cuentos e historias.
Hace cosa de un año, empecé a escribir micro-relatos. historias muy muy cortas, que en un word apenas ocupan una carilla, y que buscaban en situaciones de ficción una prosa más o menos melódica, con tintes almibarados propios de la autora, que es una cursi. Cuando decidí publicarlas, por supuesto, mi fiel horda de conocidos las criticaron, las alabaron (más les valía) y me impulsaron a seguir escribiendo. Pero un día, después de un relato muy sencillo sobre un beso, las hordas pidieron más. Una, que es muy vergonzosa para según qué cosas, fue dándole a la multitud pequeños retazos de una realidad sexual almibarada, que recorría sinuosamente los caminos sin dar detalles, sin especificar, y solía centrarse en los momentos absurdos de antes, de después, de sensaciones anteriores a las físicas. Así nació el pre-porno, que me hizo cambiar la cabecera de un arroyo de Capeside por un par de sujerentes tacones, y que ha tenido gran éxito de crítica y público, hasta hoy.
El pre-porno es una idea simple, que una amiga acuñó, y que ahora habría que matizar como pre-post-ymomentosduranteperocontadosdemanerafina – porno, aunque me quedo con la versión corta de pre-porno, que ya le tengo cariño.
A veces me pregunto cómo soy capaz de escribir algunas de las cosas que escribo, y por qué razón no me lanzo a la piscina del relato erótico puro y duro, pero en realidad, hay una fina linea que es mejor dejar a la imaginación, y una sensación de placer adulto (insertar aquí chocolate) que hace que cuando releo mis propios relatos, yo misma, en ocasiones, me sonroje, algo que me da una sensación de falsa inocencia que aún me hace sonreír.
pd. todos lo conocéis, pero para los nuevos, la “otra” escritora, se esconde bajo la máscara de “mi blog de microrrelatos de ficción” (ficción… estooo…. ehhh…) en el blogroll de vuestra derecha

tener amig@s con los que acostarse está muy bien. Oye, te lo pasas estupendamente, hay confianza, tiene el intríngulis de una relación extraña al resto del mundo, y parece que nada podría ser mejor en un intento de tener las comodidades de una relación, sin ninguno de los inconvenientes. ¿A que sí? ¿A que está super bien?
Sólo existe un pequeñín, chiquitín, pero muy crucial detalle: NUNCA, repito, NUNCA, te cuelgues, encapriches, sientas atraído, o te enamores de tu amig@ con “derecho a coito”. Porque las cosas que son tan chulas cuando lo único que pasa es que esa persona te pone mu tonto (o muy burro, para que nos entendamos), se pueden volver una comedura de tarro impresionante cuando esa persona pasa a significar algo más. Normalmente, porque la otra persona no ha sido tan gilipollas como tú y se ha encargado de no sentir por tí más de lo extremadamente justo y necesario, o incluso, un poco menos, que siempre es mejor que un poco más.
En la era de la apertura total en lo que a vida privada se refiere, no se pueden tener secretos. Sólo dos personas perfectas de esas que no existen, o bien dos personas con muchísimo que perder o algo especial que guardar serían capaces de mantener el secreto de una relación de amistad con derechos. Porque por mucho que digan que no, siempre se necesita un hombro kleenex cuando tu amig@ no te llama (y no porque estés colgado, NO, véase detalle crucial,sino porque, para qué nos vamos a engañar, si puedes acostarte con alguien que te atrae una vez por semana, prefieres hacerlo antes que una vez cada quince días… ¿o no??) y si no se lo has contado a nadie, pues lo único que puedes hacer es escribir sms amenazantes o insultantes que guardas en la carpeta de borradores y nunca mandas. Aunque claro, que si se lo has prometido a la otra parte, al contarlo te sentirías super mal, y probablemente no lo harías, a pesar de que te mueres por decírselo a tu mejor amigo, a tu portera, o al perro del vecino de arriba.
Así que, niños y niñas, hacedme caso: buscaos un buen marido, o una buena mujer, no tengáis sexo hasta el matrimonio, e incluso después, siempre con la luz apagada. Mi tía tiene 80 años, no sabe lo que es el clítoris, y la mujer vive tan ricamente.
nota del autor: todo lo anterior, a mí me lo han contado, yo no me hago responsable ni protagonista de ninguno de los supuestos más arriba expuestos.

A veces no sé si es porque te quiero a tí, o porque quiero ser como Blair, pero por una razón o por otra, vuelvo a encapricharme con un personaje de ficción… y es curioso cómo cambian las cosas, cómo evolucionamos y cómo cambian nuestras relaciones, y la gente que nos atrae.
Ya no es a quién me recuerdas, que también, sino todo el halo que te envuelve, todo el peligro, la malicia, la excitación pura del desconocimiento, pero también el reto de atrapar algo inatrapable. La verdad de que no quieres estar con nadie, y el orgullo femenino de que me termines eligiendo a mí, porque en el fondo estamos hechos el uno para el otro, me atrae incontrolablemente.
Eres magnético, da igual lo que me hagas, da igual lo tirada que me sienta, y las noches que pase esperando que aparezcas, sabiendo que no lo harás. Da igual todo el tiempo que te odie, porque en cuanto te vea, volveré a adorarte, a arrodillarme ante tí, a pesar de que lo que me dice mi cabeza es que me mantenga erguida, me dé la vuelta y me aleje, para que sepas lo que has perdido. Pero no lo pierdes, porque te sigo esperando.
Sueño con recorrer el cuello de tu camisa, con sentir el fino tacto de la tela, y el calor de tu cuello a milímetros de distancia, con probar tus besos con sabor a whisky y a tabaco, esa característica tan tuya que evoco a veces después de una calada… pero no es lo mismo…
Busco lo peligroso, lo prohibido, porque es lo que me hace sentir viva; lo que me da aquello que no siento con cualquier otro, huyo del cuento de hadas corriendo hacia tus ojos penetrantes, y a la vez busco en ellos cualquier rastro de príncipe oscuro, sí, pero príncipe al fin y al cabo.
Contigo puedo ser otra, puedo sentir, dejarme llevar sin pensar en el qué dirán, bucear entre fantasías prohibidas, con la satisfacción de saber que te sorprendo con cada giro, con el orgullo de mirarte a los ojos y reir ante tu estupor, y sentir cómo me recorre una ola de excitación al saber que tengo ese poder sobre tí.
Contigo me siento princesa, me siento adorada, y violada al mismo tiempo. Me tratas a la vez con el mayor de los cuidados y el más salvaje de los impulsos, y eso es imposible de mejorar. Por tí pienso en qué ropa interior ponerme, a sabiendas de que la vas a ver, y busco la perfección hasta en los detalles más insignificantes. Me siento más deseada, aunque sea, o mejor dicho, precisamente, porque veo en tí esa pasión física desbordada, y no tengo que demostrar nada, sólo mostrar aquello que quiera.
Se acabaron los chicos buenos… y lo peor, es que sé lo que pasa contigo, sé que apareces y desapareces a tu antojo, y aún así, te sigo… esperando.

… el muy idiota se parece demasiado a otras personas.